Cuando “Los Salones del Alma” llegó a mis manos, su sólo título me provocó inquietud y curiosidad: sin duda era un buen título para, leyendo después, corroborar esa buena primera impresión, con un verso tenso y bien hilvanado, un trabajo minucioso de la poeta Patricia Tèllez Mellado.
Sus páginas me recordaban la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer y Gabriela Mistral, un no sé qué de las “Fiestas Galantes” de Paúl Verlaine, y así me fui adentrando en estos salones de la fragilidad y el llanto, su atmósfera que logra desde el cual está escrito y desde allí llevarnos del brazo a admirar cada una de sus acuarelas hasta el aguafuerte que sólo puede expresar la poesía, esa intimidad profunda donde coexisten fuertes sensaciones en pugna, ese YO maldito, como dice Patricia Tèllez, que viene a perturbar, sus sueños del poeta, el demonio integrado a Dios.
Era, es “Los Salones del Alma” definitivamente un paseo por el dolor, por aquellos pasajes del alma ganados por la muerte y a la muerte, el lugar desde el cual pocos pueden regresar por que han llegado al otro lado de la Estigia y desde allí observan, desde la misma desolación, redimidos por el verso y la poesía, iluminados de sufrimiento y me hizo recordar un verso de Charles Baudelaire que me quedó para siempre en la memoria: ¡Lejos! ¡Que aquí el lodo está hecho con nuestros llantos!
El destino del poeta es pulsar las cuerdas sensibles del cuerpo social, así Tèllez nos sumerge en la ausencia, en esa parte de nuestro yo que el dolor nos arrancara, esa parte que se desintegra en abandono, que irremisiblemente nos quedó atrás y que un libro como este nos trae a la conciencia, el lógico cabalgar a sangre y fuego del progreso de la humanidad, a la cual pide, Dejad ahí un rezo, en estos salones de antaño, estos salones del alma a los cuales nos obliga a entrar, y como ofrenda, una vela de amor siempre encendida.
Un presentimiento de vacío nos embarga, la sensación de campos arrasados de la psiquis que preferimos sumir en voluntario olvido, duelo sobre duelo, muerte a muerte, escondidas y obviadas, donde la ofrenda del afecto nos recuperaría en integridad, pero no, la pesada piedra del abandono y del dolor conviviendo sin existir como miembro ausente, en cambio, la creencia simulando la integridad, el ser humano menos humano, el dolor sin dolor, lo leve sin sustento, como gota inapelable cayendo vertical en los salones de la desolación: Ay dolor, único beso de taciturnas bocas.