Cuando era muy niña

Cuando era muy niña, un día anhelé tener un jardín de rosas eternas, que nunca se secaran en las ramas del rosal, pero al caminar por la vida, me fui dando cuenta que eso era algo imposible. Pasó el tiempo y un día, leí el cuento “El Ruiseñor y la Rosa” de Oscar Wilde, y en mi alma adolescente, lloré a mares cada párrafo que iba leyendo, realmente, era una lectura que me estremecía de dolor, de rabia, y muchos sentimientos encontrados. Con el correr de los años, al seguir caminando por la vida, me di cuenta que… Ni el ruiseñor ni la rosa…La tristeza, era la primera maleza que emanaba entorpeciendo el entendimiento; el leer, lo que verdaderamente decían las letras del escritor…Pena, rabia, tristeza, eran como las primeras burbujas que salían de mis ojos, y no miraba lo que había más adentro (la rosa en el libro), el saber, el tratar de evolucionar en la comprensión… Ni el sometimiento esclavista hacia un ruiseñor, ni el Egoísmo y Maldad de la niña… Ni el Aprovechamiento desesperado sin medir las consecuencias en el pedido del joven…Ni la altivez de la rosa, (porque todas las flores son hermosas). Eso me estaba enseñando el escritor. Nada es realmente lo que aparenta a primera vista, ni en este maravilloso libro de cuentos que tengo de Oscar Wilde, porque  pasan los años, y cada vez voy descubriendo más cosas, y más mensajes. Ahora me gusta tener mi jardín de geranios que florecen todo el año dependiendo de los cuidados para aguantar las inclemencias del tiempo, y eso,  no es más que amor. Todo amor es perenne, y si es bien sentido dentro de nuestro Ser, no necesita de sacrificios, ni de lujos, ni de rosas arrancadas de cuajo de los rosales,  y no tranza con la muerte, ni siquiera, negocia con la vida.

 

Patricia Tèllez